El triste destino del poeta pastor

Pese a su prematura muerte, escribió algunos de los mejores versos de la literatura española

El triste destino del poeta     pastor

Miguel Hernández, con alpargatas. :: archivo

Lo cuenta Neruda en sus memorias, aquel documento situado inestablemente entre la poesía, el autohomenaje y la realidad. En 1934 el chileno llegó a Madrid como cónsul de su país y conoció a «todos los amigos de García Lorca y Alberti». Uno de aquellos amigos era un joven poeta llamado Miguel Hernández. «Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalones campesinos de pana desde sus tierras de Orihuela, en donde había sido pastor de cabras», escribe.

Neruda publicó los versos de Hernández en su revista 'Caballo Verde' y se convirtió en uno de sus protectores. También en una de sus influencias literarias. «Mi poesía americana, con otros horizontes y llanuras, lo impresionó y lo fue cambiando», afirma el chileno en sus memorias. A continuación, Neruda acuña definitivamente en ese libro una de las imágenes recurrentes de Hernández: la del poeta pastor, esa variante autóctona y exagerada del buen salvaje. «Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él», comienza Neruda. «Me narraba cuán impresionante era poner los oídos sobre el vientre de las cabras dormidas. Así se escuchaba el ruido de la leche que llegaba a las ubres, el rumor secreto que nadie ha podido escuchar sino aquel poeta de cabras».

A continuación le dibuja encaramándose a un árbol de la calle para imitar el trino de los ruiseñores. Tres años antes, el extravagante Ernesto Giménez Caballero -«gran estandarte, cartelista y jaleador», según Machado- había escrito un artículo en 'El Robinson literario de España' en el que llegaba a pedir directamente un rebaño para un Miguel Hernández recién aterrizado en Madrid: «Queridos camaradas literarios: ¿no tenéis unas ovejas que guardar? Gobierno de intelectuales: ¿no tenéis algún intelectual que esté como una cabra para que lo pastoree este muchacho?» Entre unos y otros, entre leyendas y hagiografías, se ha terminado construyendo la imagen de un Miguel Hernández puro y adánico al que le bastó su instinto para componer algunos de los más impresionantes poemas del siglo XX español. Sin embargo, esa idealización es bastante inexacta y efectista. Miguel Hernández nació tal día como hoy de hace exactamente cien años, en Orihuela. Su familia gozaba de una situación no tan humilde como suele contarse y su escolarización comenzó en una guardería privada. Después asistió al colegio Santo Domingo, donde obtuvo unas calificaciones más que notables, destacando especialmente en todo lo referente a la literatura y la escritura.

Clásicos y Siglo de Oro

Fue en 1925 -el poeta contaba quince años- cuando un revés en la economía familiar le obligó a dejar los estudios y ayudar a su padre con el ganado. A partir de entonces, la formación de Hernández fue totalmente autodidacta, pero no por ellos menos intensa. Se sabe que el joven pastor aprovechaba las largas horas de soledad en el campo para leer con voracidad y seguir estudiando.

También hay que señalar que, aunque Miguel Hernández pasase sus jornadas de trabajo aislado en el campo, tuvo acceso durante su época de formación a un ambiente libresco y cultivado. Se sabe que los primeros poemas de Hernández datan precisamente de la época en que es obligado a abandonar sus estudios. Por entonces, ya se reunía con frecuencia con dos de sus mejores amigos, Carlos Fenoll y Ramón Sijé, otros dos jóvenes letraheridos con los que comentaba sus lecturas y ponía en común lo que ellos mismos iban escribiendo.

El firmemente católico Ramón Sijé fue una influencia clave en la primera juventud de Hernández y en el despertar y afianzamiento de su vocación poética. Sijé, que en realidad se llamaba José Marín Gutiérrez, animó y aconsejó a su amigo en la redacción del que sería su primer libro, 'Perito en lunas'. El poemario se publicó en 1933, llevaba un prólogo del propio Sijé y su edición fue financiada por el canónigo de la catedral de Orihuela.

El sí de Juan Ramón

'Perito en lunas' no obtuvo demasiada repercusión y un año después de su publicación Miguel Hernández viaja a Madrid. Será entonces cuando comience a frecuentar a poetas como Alberti, Lorca, Rosales, Neruda o Aleixandre. También cuando comience a conseguir sus primeros triunfos en el mundo literario. Poco después de llegar a Madrid, publicó en la revista 'Cruz y Raya' un auto sacramental titulado 'Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras'. También entra a trabajar en la enciclopedia 'Los toros' de José María de Cossío, lo que le permite vivir en la capital con la seguridad de un salario fijo.

Ya instalado en Madrid, el poeta oficializa su relación de noviazgo con una joven de Orihuela llamada Josefina Manresa. En esta nueva etapa -influido entre otras cosas por el telurismo de Neruda y por la terrenalidad de Maruja Mallo-, Miguel Hernández se ha ido alejando de la influencia inicial de Ramón Sijé, que por su parte ha enlazado el ultracatolicismo con el criptofascismo. Hernández mira cada vez menos al espíritu para mirar más al mundo y trabaja en una obra de teatro que aborda la situación de los mineros y campesinos del país. La Nochebuena de 1935 muere en Orihuela Ramón Sijé, con sólo 22 años, a causa de una repentina infección intestinal.

En el número de enero de la 'Revista de Occidente' Miguel Hernández le dedica a su amigo una de las elegías más célebres y estremecedoras de nuestra poesía. Su comienzo es conocido: «Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. // Alimentando lluvias, caracolas / y órganos mi dolor sin instrumento, / a las desalentadas amapolas / daré tu corazón por alimento. / Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento».

Aquel fue un momento clave en la carrera de Miguel Hernández. Junto a la elegía aparecían algunos poemas de lo que sería su siguiente libro, el impactante 'El rayo que no cesa'. Incluso el habitualmente imperturbable Juan Ramón Jiménez reaccionó al instante desde su tribuna de 'El Sol': «En el último número de la 'Revista de Occidente', publica Miguel Hernández, el extraordinario muchacho de Orihuela, una loca elegía a la muerte de su Ramón Sijé y seis sonetos desconcertantes. Todos los amigos de la poesía pura deben buscar y leer estos poemas».

Poeta soldado

En 'El rayo que no cesa' Miguel Hernández combina el dominio absoluto de una estructura estrófica clásica, el soneto, con el desarrollo, a plena máquina, de lo que sería su particular universo poético: ese territorio incendiado de amor, mundo y muerte. El gran poeta que Miguel Hernandez llegará a ser ya está presente en 'El rayo que no cesa': un libro repleto de imágenes fastuosas, giros surrealistas, alardes formales y magníficos acercamientos a los misterios cotidianos. Cuando estalla la Guerra Civil, Miguel Hernández se incorpora al Quinto Regimiento del Ejército Popular de la República. Será entonces cuando comience a perfilarse la segunda parte, siempre un poco desenfocada, de su leyenda. Primero fue el poeta pastor. Llegaba la hora del poeta soldado.

Durante la guerra, Miguel Hernández se casó con Josefina Manresa y vio cómo su primer hijo, Manuel Ramón, nacía para morir a los pocos meses. Poco antes de finalizar el conflicto, nació su segundo hijo, Manuel Miguel, que sería el destinatario de muchos de los últimos y más hondos versos del poeta.

Cuando la victoria del bando nacional era ya un hecho, Miguel Hernández renunció a huir del país en un avión que le ofrecía Rafael Alberti. Se dice que llevaban dos años sin hablarse. El enfrentamiento surgió cuando Hernández descubrió los banquetes que se daban los miembros de la Alianza de Intelectuales mientras en el frente los milicianos pasaban hambre. Miguel Hernández intentó huir a Portugal, pero fue detenido en Huelva por la policía de Salazar y entregado a la Guardia Civil. Fue trasladado a Madrid y en septiembre de 1939 un error hizo que le pusieran en libertad. Todavía hoy es difícil comprender por qué, en lugar de intentar entonces salir del país o ponerse a salvo, el poeta no tuvo mejor idea que irse a Orihuela. Fue una dramática reproducción del error que cometió Lorca volviendo a Granada. Una vez en su pueblo, no tardaron denunciarle y detenerle de nuevo. Esta vez fue juzgado y condenado a muerte, aunque la condena se le redujo más tarde a doce años de prisión.

En los pocos días de libertad de los que gozó entre ambas detenciones, Miguel Hernández tuvo tiempo de entregarle a su mujer los poemas que había escrito desde octubre de 1938. Ese libro se publicaría veinte años después bajo el título de 'Cancionero y romancero de ausencias' y es una obra mayor que contiene algunos de los poemas más hondos y emocionantes de toda nuestra literatura. Entre ellos, las conocidas 'Nanas de la cebolla' o el majestuoso tríptico 'Hijo de la luz y de la sombra' .

La guerra destrozó su vida y no jugó a favor de su literatura. Murió el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la prisión de Alicante, a causa de una grave afección pulmonar. Cuatro años después, su amigo Vicente Aleixandre le recordaba con mucho juicio en una carta dirigida a Juan Maderos: «Miguel era un alma libre que miraba con clara mirada a los hombres. Era el poeta del triste destino, que murió malogrando a un gran artista, que hubiera sido, que ya lo es, honor de nuestra lengua».

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

Biografía

Así vivió y murió el pastor que se convirtió en poeta

MIGUEL HERNÁNDEZ

Bibliografía

Publicaciones básicas para conocer la obra del oriolano

 





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